
DIÓCESISMÁLAGA |
Su fiesta se celebra el 18 de junio. Ciertamente sufrieron martirio por lapidación un 18 de junio y, más probablemente, en Málaga a principios del siglo IV. Desde fines del siglo XV, en que Málaga volvió de nuevo al culto cristiano (año 1487), los Santos Mártires fueron acogidos por los fieles que habitaban en la ciudad como sus protectores y patronos. Ya entonces se construyó a su nombre y en su honor un templo como sede parroquial.
Esta tarde, a las 20.00 horas, tiene lugar la Misa solemne, presidida por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, también en la iglesia del Santo Cristo. Debido a la pandemia, el aforo es limitado y a esta Eucaristía solo podrá asistirse por invitación.
Patronos de Málaga
Como cuenta la historiadora Marion Reder, «Ciriaco y Paula fueron cristianos clandestinos en la Málaga del siglo IV, jóvenes de su tiempo, con inquietudes propias de su juventud que observaba, tanto en el ámbito familiar como en el círculo de amistades, como se propagaba la fe de Cristo. Un Dios muy superior a los dioses romanos, que predicaba la misericordia, la humildad y el perdón y que murió crucificado por redimir a la humanidad. Compañeros en la fe (y según algunos autores hermanos), frecuentaban en secreto la comunidad cristiana clandestina, profundizando su conocimiento en la doctrina cristológica.
Perseveraban en su fe, a pesar de que las persecuciones de los emperadores Diocleciano y Maximiano se habían vuelto más sangrientas, y que el procónsul Anodino había decretado la pena capital para todos aquellos discípulos de Cristo, mujeres y hombres, que se negaban a adorar a los dioses paganos. Ante el juez Silvano se presentó una denuncia acusando a Paula y a Ciriaco de rebeldía, por lo que éste no dudó en interrogarles por sus querencias al cristianismo; y conminarles a que adorasen a los dioses paganos y abandonasen su fe en Cristo. Los asistentes al juicio se conmovieron al comprobar la entereza y serenidad de los jóvenes Paula y Ciriaco, que con el idealismo propio de su edad, se negaron a abjurar de su convicción cristiana. Sin mostrar desaliento, encararon valientemente la muerte con la firmeza de que sus almas alcanzarían el Reino prometido. Fueron condenados a ser lapidados, junto al lecho del río Guadalmedina, atados a unas palmeras. El día del martirio fue un 18 de junio del año 303».