Comunidad viva, parroquia evangelizadora
23 de agosto: Solemnidad de Santa Rosa de Lima

23 de agosto: Solemnidad de Santa Rosa de Lima

El 23 de agosto se celebra la memoria litúrgica de Santa Rosa de Lima (1586-1617), santa titular de nuestra comunidad parroquial y motivo por el cual la iglesia lleva su nombre. La santa misa está prevista el lunes a las 19,30 h.

A continuación se recogen algunos textos sobre la vida de la primera santa latinoamericana, natural de la ciudad peruana de Lima y consagrada a Dios como miembro de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo.

Del Libro de la Liturgia de las Horas de la Orden de Predicadores

Isabel Flores Oliva, que por su belleza recibió popularmente el nombre de “Rosa” (al que ella añadió “de Santa María”), nació en Lima en 1586. Fue celebrada como la primera flor de santidad de América, insigne por la fragancia de su penitencia y oración. Dotada de brillantes cualidades y dones de ingenio, ya desde niña se había consagrado al Señor con voto de virginidad. Sentía una profunda veneración por santa Catalina de Siena, que luego fue una sorprendente afinidad con la misma y por ello decidió en 1606 inscribirse en la Orden seglar dominicana para darse más plenamente a la perfección evangélica. Era muy amante de la soledad y dedicaba gran parte del tiempo a la soledad y dedicaba gran parte del tiempo a la divina contemplación, deseando introducir también a otros en los arcanos de “la oración secreta” y divulgando para ello libros espirituales, o incluso animando a los sacerdotes para que atrajeran a todos al amor de la oración. Recluida casi siempre en una pequeña ermita del huerto de sus padres abría, sin embargo, su alma a la obra misionera de la Iglesia: con un celo ardiente por la salvación de los pecadores y de los “indios”, por los que deseaba dar su vida y se entregaba a voluntarias y duras penitencias para ganarlos a Cristo, “doliéndose de que como mujer no pudiera aplicarse al ministerio apostólico”. Durante quince años soportó gran aridez espiritual como crisol purificador. Con profunda conciencia de los males del pecado, “deseaba hacerse piedras y cal para poder cerrar a todos la puerta del infierno”. También se destacó por sus obras de misericordia con los necesitados y oprimidos.

Rosa ardía en vivo amor a Jesús en la Eucaristía y en honda piedad para con su santísima Madre, cuyo rosario se esforzaba en propagar con infatigable celo, estimando que todo cristiano “debe predicarlo con la palabra y tenerlo grabado en el corazón”. Murió a los treintaiún años en Lima el 24 de agosto de 1617. Su cuerpo se venera en la basílica dominicana del Santo Rosario en Lima. Fue beatificada por Clemente IX en 1668 y canonizada por Clemente X el 12 de abril de 1671 y desde ese año toda la América Meridional y Filipinas la veneran como patrona.

Del proceso de canonización de Santa Rosa de Lima

Santa Rosa, verdadera discípula del S. Padre Domingo

Rosa de Santa María en todo encontraba ocasión de alabar al Creador; cualquier pensamiento elevaba su mente a Dios y quería enseñar a muchos los secretos de la oración mental. Así como alimentaba su alma leyendo buenos autores, también divulgaba los libros espirituales y exhortaba a los presbíteros a buscar con empeño que los penitentes y oyentes se aficionaran a la oración. Es difícil no describir su amor al rosario de María, que une la oración mental y la vocal: opinaba que todo cristiano debería propagar el rosario y llevarlo grabado en el corazón.

El amor de Dios le hacía gustar en la oración una dulzura que compensaba la amargura que le producía el conocimiento del mal y del pecado. Le afectaban mu particularmente los ataques contra la Iglesia y entonces su celo se encendía y su lengua se desataba, si bien siempre su reprensión era en definitiva amable y persuasiva súplica. Todos se admiraban de cómo esta joven, siempre muda cuando alguien personalmente la reprochaba, en cambio inmediatamente hacía frente a los que aun levemente ofendían a Dios.

El amor a Dios en el sacramento de la Eucaristía ocupaba la mayor parte de su vida y los días en que estaba expuesto solemnemente el santísimo Sacramento permanecía inmóvil en oración durante muchas horas.

Sufría gran dolor pensando en las almas que no disfrutan del don de la fe y principalmente aquellas gentes que en amplísimas regiones de América daban culto a los ídolos. Se sentía invadida de misericordia, pensaba de continuo en ellos y desearía salvar todos los obstáculos y volar, como con las alas de su espíritu, para iluminarlos y salvarlos. Querría hacer de sí misma cal y piedras para tapiar a todos las puertas del infierno.

Hablando con los religiosos, especialmete con los frailes Predicadores, los exhortaba con fuerza y con vehemencia, que brotaba del afecto de su corazón, a que se didicaran con alma y cuerpo a la conversión de las almas. Le disgustaba que se dedicaran demasiado a estudios solamente especulativos y decía que preferiría que tantos sudores, vigilias, trabajos y dificultades necesarios para estos conocimientos puramente teóricos, los emplearan en un esfuerzo tan urgente para inflamar las voluntades en el amor de Dios.

Se dolía de que por ser mujer no pudiera dedicarse, como ardientemente deseaba, a la tarea apostólica de anunciar el Evangelio a los infieles. Y para arrastrar a su confesor a esta santa ocupación, ella se ofreció a ceder en favor del confesor la mitad de sus propios méritos para recabar una parte de los frutos de su apostolado. Había también pensado, y lo habría realizado si la muerte no se lo hubiese impedido, recibir en su casa a algún niño huérfano ya abandonado, cuidando de él y ayudándolo con algunas limosnas en vistas a que, con la gracia de Dios, pudiese un día ser sacerdote y dedicarse a la propagación de la fe entre los infieles.