Comunidad viva, parroquia evangelizadora
El P. Fray Vicente Cudeiro González, O.P. nos acerca a la vida de Santa Rosa de Lima

El P. Fray Vicente Cudeiro González, O.P. nos acerca a la vida de Santa Rosa de Lima

LA GRAN MÍSTICA DEL NUEVO MUNDO

Santa Rosa nació en Lima el 30 de abril de 1586, siendo la tercera entre los 13 hijos de la familia formada por Gaspar Flores, «gentilhombre de la compañía de arcabuces de la guardia de este reino», «natural de San Juan de Puerto Rico»1, y de María de Oliva, nacida en la Ciudad de los Reyes, pero de ascendencia española. D. Gaspar tenía unos 52 años cuando se casó y su mujer 18. Nuestra Santa fue bautizada el 25 de mayo, Fiesta de Pentecostés. Se le impuso el nombre de Isabel, como su abuela materna.

1. Una rosa que desde niña exhaló el buen olor de Cristo

Un día mientras la acunaba una criada de color, le destapó la cabecita y le pareció su cara como una rosa; y dando voces exclamó: «¡Ay que esta niña es una rosa!». Ante esos gritos, acude la madre y vio igualmente su cara con semejante figura. Y tomándola en brazos, y sin poder contener su alegría, dijo, llena de gozo: «¡en adelante mi niña se llamará Rosa!». Y así sucedió con el consiguiente cambio de nombre. Se dice también que el Arzobispo de Lima Santo Toribio de Mogrovejo, no se sabe si consciente o inconscientemente, cuando la confirmó la llamó también con el mismo nombre de Rosa. Este cambio disgustó a la abuela Isabel y le ocasionó no pequeños disgustos e inquietudes a nuestra Santa hasta que su confesor la tranquilizó, diciéndole: que «entendiese, que su alma era una rosa de Nuestra Señora, que la había depositado y puesto en su cuerpo como un vaso o maceta para que la guardase y que así la procurase guardar con la frescura y hermosura de la gracia, y desde entonces la bendita Rosa se puso y se llamó Rosa de Santa María, poniendo por sobre nombre Santa María […] y de allí en adelante, vivió con mucho consuelo de tener tal nombre, suplicando a la Virgen Santísima, rogase a su Hijo que no permitiese que ella marchitase con algún pecado, la belleza y la hermosura de su alma»2.

El P. Antonio de Vega Loaysa, S.J., que fue uno de sus confesores, nos dice de los Flores-Oliva que eran todos de complexión corpulenta, recia y forzuda. Rosa además era de una belleza, que deslumbraba a los jóvenes limeños que la conocían. Algo que a la joven en algunas ocasiones le iban a causar grandes quebraderos de cabeza frente a su madre, que a toda costa trataba de vestirla con ricas vestiduras y alhajas, que no eran conformes con los medios económicos de la familia. Pretendía que Rosa con su deslumbrante belleza conquistara el amor de algún joven acaudalado, y, casándose con él, sacara a la familia de sus necesidades materiales.

La andadura espiritual de Rosa se inicia a sus cinco años con un incidente protagonizado por ella y por su hermano Fernando. Fue testimoniado por varios testigos de su Primer Proceso, entre ellos ese su hermano; y tuvo como consecuencia su consagración a Dios con voto de virginidad. El que mejor lo relata es el susodicho P. Jesuita: «Siendo ella muy chiquita y trayendo sus cabellos muy aderezados y peinados, como su buena madre lo usaba siempre con ella: y estando jugando con ella un hermanito, el niño le ensució los dichos cabellos con un poco de lodo o barro, lo cual sintió mucho la dicha niña y viendo el hermanito el sobre dicho sentimiento, se volvió a ella y le dijo que no sintiese tanto aquel suceso, que si lloraba por los cabellos, supiese que muchas mujeres se habían perdido por ellos […] Las cuales palabras hicieron tanta impresión en la bendita niña y de tal suerte ilustraron su alma, que desde entonces dio de veras de mano al mundo y sus pompas y vanidades; y le sobrevino una luz y claridad del cielo y tan soberana ilustración, que esclareció su entendimiento; y con ser niña de tan pocos años, se le infundió la luz y claridad, que tuvo tanta capacidad entonces como a los treinta y un años y poco más de edad en que murió; y consagró su cuerpo y alma e hizo voto a Dios nuestro Señor de perpetua virginidad y castidad; lo cual guardó y cumplió inviolablemente hasta su muerte»3.

En esa misma edad inició Rosa su vida de oración, diciendo con mucha frecuencia la jaculatoria «Jesús sea conmigo y Jesús sea bendito».

2. Temprana oración de unión, y primeras pruebas

Esta sencilla manera de oración la acostumbró de tal modo a orar que muy pronto de ella pasó a una «altísima y fervorosísima de unión, que continuó hasta la muerte»4, según declaró el dominico Fr. Pedro de Loayza, que fue uno de sus confesores. En esta suerte de oración se engolfaba en Dios de tal manera que no le impedía realizar al mismo tiempo primorosos bordados con que ayudaba al sostenimiento de su numerosa familia. El que sería el primero de los testigos de su Proceso de Beatificación, el Doctor Juan del Castillo, médico, y también versado en teología espiritual, a ruegos de ella aconsejada por sus protectores, el Contador Gonzalo de la Maza y su Señora, examinó su espíritu. Lo primero que le dijo es que tenía que responderle con verdad a todo cuanto acerca de su vida espiritual se refiriese. El mismo Dr. Castillo afirma en la respuesta a la pregunta décima de la declaración en el Primer proceso, que a los doce años Rosa ya llegó, asistida por la divina gracia, a la oración de unión y perseveró en tal modo de oración durante los quince años en los que dicho testigo la trató5. Por su parte Dios la premió con grandes dones espirituales. Efectivamente, tenía frecuentes raptos con suspensión de sus potencias espirituales: entendimiento, memoria y voluntad, uniéndolos de tal modo con él, que su entendimiento y memoria estaban por completo unidos a Él, la voluntad por completo embebida en su amor. En este modo de oración Dios le suspendía las potencias memoria y voluntad uniéndolos consigo de tal modo que el entendimiento estaba por completo abrazado a Dios y la voluntad ocupada totalmente en amarle; pero de tal manera que este entender y amar le parecía ser una misma cosa. Estos entender y amar eran sin discurso de sus respectivas potencias y en una simplicísima mirada en la que se sentía estar profundamente unida a Dios. Pero de tal manera que el entendimiento no percibía sino aquello que Dios le daba. Notemos que Él puede dar este conocimiento prescindiendo de los sentidos y sin el concurso de las imágenes de la fantasía por medio de una especie o idea, directamente creada mediante una inefable iluminación con «rayos e ilustraciones de gloria». En tal situación está el alma tan «engolfada abrazando a Dios en esta unión que la Santa no conocía cosa criada, que aunque estuviera nuestra Santa en compañía de otras personas, estando ella callada, tenía la dicha unión con su Divina Majestad continuamente; y si le hablaban podía ella responder sin dar nota ninguna, con mucha suavidad y entereza en lo que hablaba». Pero, «cuando más engolfada estaba su ánima en la dicha unión –sigue el Dr. Castillo– apartábase su Divina Majestad de ella, no sólo en lo sobrenatural sino también en lo natural, de tal manera que no conocía ni amaba a Dios por actos sobrenatural ni natural y estaba su ánima puesta en desierto sin conocer criatura ninguna, (y) acordábasele como por un resquicio y por una noticia muy delicada, que había conocido a Dios y a sus criaturas, y para más tormento suyo […] conocía que ya no conocía a Dios ni a sus criaturas, de donde era tanta su aflicción y angustia y tristeza de verse a oscuras en aquella soledad, que de ninguna manera se podía explicar y como se acordaba que había conocido a su Dios y a sus criaturas, y ya no hallaba a su Dios para conocerle y amarle, aumentábasele mucho más la aflicción y si supiera que aquello había de tener fin, fuérale de algún consuelo, mas como ignoraba el fin y antes la parecía in aeternum estaba desamparada de Dios, aumentábasele mucho más su aflicción, deseaba en gran manera conocer a Dios para amarle y no le hallaba, érale de más aumento y de más angustias». Le parecía que para ella no había remedio y deseaba morir para acabar de una vez aquel estado de terrible oscuridad. Pero, por otra parte, veía al mismo tiempo, por una iluminación especial de Dios que era imposible morir y acabar, porque su alma era inmortal e incorruptible. Esto le aumentaba el sufrimiento porque se veía en una situación sin salida. Y sentía como una gran necesidad de dar gritos para ver si hallaba en ellos consuelo. Pero como en tal situación no encontraba en Dios, ni en las criaturas con quien aconsejarse y quejarse, no lograba consolarse en nada. En esta desolación le parecía que no había en el mundo maestro de espíritu a quien dar a entender lo que le estaba pasando; pues no era capaz de expresarle las gravísimas penas en que la sumían aquellas tinieblas y oscuridades, que estaba sufriendo; porque no había nada en el mundo a qué comparar semejante tristeza y aflicción. En su comparación con lo que ella sufría, la situación de una persona quemándose en el fuego, le parecía nada. Algunos a quienes consultó aquellas torturas, que padecía, le dijeron que eran «vahídos de cabeza, de vapores melancólicos que subían a la cabeza». Pero esto no hacía más que aumentar su sufrimiento. Ella deseaba ardientemente saber qué era aquello, o qué le pasaba, pero no le era posible.

Seguramente que aquella situación tan tremenda de Rosa, fue la razón por la que su gran protector el Contador Gonzalo de la Maza le aconsejase ponerse en contacto con el Dr. Castillo. Rosa, a pesar de su gran recato y humildad aceptó el consejo, y él le declaró que «era una semejanza y figura del infierno cuando era muy intensa y eficaz, con todas las semejanzas que aquí se han dicho y ella le trató de expresar». No obstante, no perdió la esperanza de que su alma saldría algún día de su angustiosa situación. Durante más de catorce o quince años sufrió la Santa semejantes sufrimientos a diario, aunque intermitentemente y durante algunas horas.

También se vio Rosa sometida a fuertes tentaciones contra la castidad. Los Padres Pedro de Loayza y Juan Lorenzana, exprovincial, que fueron sus principales confesores, declaran también que Dios permitió que la Santa fuese tentada con muchas torpes imaginaciones especialmente durante todo un año. Incluso una noche fue a orar al huerto de su familia, según su costumbre, e inesperadamente se le presentó un hombre vestido de blanco, que pretendió seducirla. Pero ella, apelando a Dios, con la fortaleza que le dio la gracia divina, comenzó a afear y reprender al tentador con tales palabras que lo hizo volver sobre sus pasos, y él la dejó, mientras ella se volvió a la casa, cerró la puerta con la llave y se dio una disciplina cruel con una cadena hasta derramar sangre. Y llorando se quejó a Dios por dejarla en aquella situación tan grave. A lo que le respondió Jesucristo: «Pues si no estuviera contigo ayudándote ¿vencerías? Con esto Rosa quedó muy consolada»6. Muchos fueron los sufrimientos con que Dios probó el amor divino de Rosa: enfermedades muy frecuentes y dolorosas, desde muy joven hasta su muerte, incomprensión de sus familiares, particularmente de su madre, que la maltrataba de palabra y de obra7.

3. Práctica de todas las virtudes

A pesar de todo, Rosa se mantuvo firme en el camino que conduce a la santidad, poniéndose siempre en las manos de Dios, deseosa de cumplir su divina voluntad. Incluso le pedía que le diese «trabajos y más trabajos», para imitar a Cristo8.

Por lo que acabamos de decir, el que tenga aunque solo sea un somero conocimiento del itinerario de las almas místicas hasta las cumbres de la santidad, se puede dar cuenta que Rosa se encuentra en la etapa espiritual que los teólogos místicos llaman purificación pasiva del espíritu, que termina en el matrimonio espiritual. Pero para alcanzar este grado de perfección es preciso la purificación y superación de los pecados aun veniales, y la práctica de todas las virtudes cristianas en elevado grado de perfección. Y nótese que decimos todas. Debido a la misión que Dios quiere para cada alma, las distintas situaciones en que cada una se va encontrando a lo largo de su vida, y su mismo temperamento, puede haber virtudes especialmente valoradas y practicadas con mayor empeño por cada una de ellas. Pero todas las virtudes para ser tales de verdad, tienen que ser expresión de amor. Todos los actos, por muy buenos que sean, si no tienen su motivación en el amor de Dios, no son virtudes propiamente tales. En consecuencia, es escusado decir que Rosa, aparece según la declaración de los testigos de su proceso, como una gran santa que practicó todas las virtudes en grado heroico, evitando todo asomo de defecto. Su madre natural destaca muy especialmente su humildad y mansedumbre. Lo mismo su padre espiritual, el P. Lorenzana declaró que era humildísima interna y externamente. Que cuando se confesaba se manifestaba como gran pecadora. Cuando le acontecían trabajos, enfermedades o pruebas, que fueron muchos, se los atribuía a sus muchos pecados. Cuando el Padre quería consolarla en aquellas tribulaciones, diciéndole que Dios prueba a los suyos en este mundo, no admitía tal razonamiento e insistía que eran justos castigos de sus pecados9. Y su madre adoptiva, María de Uzátegui, en cuya casa residió unos tres años, dice que «lo que en esta bendita alma conoció, nunca vio ni oyó decir, cosa en que pudiese sentir que hubiese defecto, ni aun de pecado venial; porque su modo de vida, lenguaje y obras con los demás movimientos de su persona, más parecían de ángel, que de criatura mortal»10. Por eso todos los santos convienen en un amor ardentísimo a Dios y a todo lo que a Dios se refiere. Pero ¿cómo saber que una persona ama a Dios como Él quiere, «con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todo el ser» (cf. Mc 12,30), dado que el amor es un sentimiento intimísimo, que únicamente conocen Dios y el que ama? El Divino Maestro nos ha dado la pauta para conocer el amor de un alma, cuando dijo: «El que acepta mis mandamientos y los guarda ese me ama» (Jn 14,21). «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Dar la vida por alguien es la prueba más convincente de que le ama más que a sí mismo. Esto pone de manifiesto la razón de los actos heroicos realizados por los santos. Actos que los que no aman de ese modo no pueden comprender y por eso consideran a quienes los hacen como masoquistas o sujetos de ciertas enfermedades neuróticas o psíquicas. Es el caso de Santa Rosa. Según declaración de su madre, su amor a Dios se manifestaba en que todas sus conversaciones tenían que ir a tratar de Dios. Y si no lograba esto, entonces se retiraba discretamente. «Y sabe esta testigo, que muchas veces la vio con deseos de padecer por Cristo, martirio y se lo dijo muchas veces a esta testigo»11.

Ya hemos visto cómo a sus cinco años se entregó totalmente a Dios mediante el voto de virginidad. Y en adelante vivió en todo como verdadera posesión suya, renunciando a todo para vivir su consagración con la mayor radicalidad: apartada del mundo y de sus pompas y vanidades, menospreciando su deslumbrante belleza, vistiendo «como una vieja», como le dijo un día despectivamente su hermano Fernando, viviendo en un gran retraimiento del mundo, gran recato y honestidad. Este mismo hermano confiesa en el Primer Proceso que jamás le vio de su cuerpo «más que la cara y las manos». Considerando la gran dificultad de vivir en el mundo absolutamente para Dios, pensó desde muy joven hacerse monja de clausura. Arreglado todo, se va, acompañada de un hermano, a despedirse de su querida Virgen del Rosario del Convento de Santo Domingo. Allí estuvo orando largo rato. Y cuando intenta levantarse, para irse, se siente como clavada al suelo y no puede. Ello le hizo pensar que no era voluntad de la Virgen que fuera monja en uno de los dos monasterios existentes por entonces en Lima. Y se volvió a casa, donde estaban llorando amargamente su ausencia su abuela y su madre. Mas cuando la vieron de nuevo en casa su tristeza se trocó en gozo12. Cuando el Dr. Castillo le preguntó: «si seguía religión o si seguía el común que siguen todos los seglares en servir a Dios, respondió: Que, desde niña, de edad de cinco años, había seguido la Orden y Reglas de su madre Santa Catalina de Siena y de su padre Santo Domingo, y que en esto había perseverado toda su vida y había de perseverar hasta la muerte». «Y preguntóle este testigo, que por qué no había entrado en un convento de monjas. […], respondió: Que de buena voluntad hubiera sido monja si hubiera habido convento de su madre Santa Catalina de Siena, y que por eso no había sido, aunque cuando se fundó el convento de Santa Clara, la importunaron mucho que entrase por una de las fundadoras para que entrase en su monasterio, y ella se negó, por no quitarse el hábito de su madre, Santa Catalina de Siena y por no mudar a otras Reglas de las que se había criado»13. Desde que leyó la vida y las Obras de la Santa Doctora de Siena, quedó fascinada por su figura y trató de imitarla en todo. Así como ella se cortó su hermosa cabellera, con gran enojo de su madre; y ante sus ruegos insistentes obtiene de los Superiores dominicos vestir el hábito de las dominicas: túnica y escapulario blancos y capa negra. Tenía entonces 20 años. En cuanto al velo, lo había llevado desde siempre.

Desde entonces no solo practicó con gran exactitud la obediencia a sus padres, sino que vivió muy fielmente las reglas establecidas por la Orden y todo lo que los superiores dominicos le mandaban. Pero además persistió en su idea de erigir un Monasterio dominicano. Para ello llamó a todas las puertas de todas las autoridades y amistades pudientes, empezando por los Frailes. La empresa no era fácil. Había que empezar por la autorización del Rey de España, entonces Felipe II. Siendo este Rey muy meticuloso en su modo de gobernar, seguramente que recabó todos los informes de sus representantes y autoridades más importantes de Lima, y ¿cómo no? del correspondiente Provincial14. Ella no pudo ver realizada la obra; pero cuando murió se estaban haciendo los trámites para llevar a cabo la fundación. Y en lugar de ella, su madre, la que tan a mal llevaba cada paso que daba Rosa en este sentido, entrará de monja en ese Monasterio; algo que ella le había profetizado antes de morir. Por ello bien se puede decir que si no fue dominica de clausura de derecho lo fue de deseo, de hecho, o in passione, como dijo de sí misma Santa Teresa de Jesús.

4. Vida claustral dentro de su casa

Pero Rosa, alma profundamente contemplativa, buscaba a toda costa llevar una vida de completo retiro, trabajo y contemplación; y para ello pidió y obtuvo de sus padres hacerse una celdita en el huerto para entregarse allí más libre e intensamente a la oración en todas sus modalidades de meditación, de unión, de intercesión y de alabanza. A veces, sintiendo cierta ausencia de Jesús cantaba con su «linda voz» y su guitarra estas letrillas «compuestas por ella»:

«Las doce son dadas

mi Jesús no viene

quién será la dichosa

que le entretiene».

Y aludiendo a sus familiares los Flores, y Olivas y a ella misma:

«Ay Jesús de mi alma

cuan bien pareces

entre flores y rosas

y olivas verdes».

También al Ángel de la Guarda cantaba:

«Ángel de mi guarda

vuela y dile a mi Dios

que por qué se tarda»15.

Otras veces hacía oración cantando con la guitarra alabanzas a su Dios. Y en ello pasaba dos y tres horas. Tanto le ayudaba el canto en la oración que llegó a confesar a su director espiritual, el P. J. Lorenzana: «Padre, quitarme a mí el cantar es quitarme el comer»16. Cantar como ella lo hacía a veces durante horas, era una de sus maneras de orar. Por eso cuando cosía o hacía sus primores de bordado cantaba al mismo tiempo o decía una jaculatoria al tiempo que daba cada puntada17. A causa de esta concentración en Dios, cuando estaba en su celdita, no consentía que nadie fuese a ella sin su permiso, que a muy pocos concedía. Allí Rosa se explayaba cantando las alabanzas del Señor con su «linda voz», invitando a la Naturaleza que le acompañara. En ella resultó una verdad palmaria la sentencia de S. Agustín: «amantis est cantare», «es propio de quien ama cantar». Una vez que sus padres la llevaron a vivir a la casa del Contador, Gonzalo de Maza, cuando Rosa cantaba era tal la dulzura y belleza de su voz, que los que allí estaban lo dejaban todo para escucharla incansables durante dos y más horas18. Y no sólo cantaba cánticos de alabanza sino de deprecación, «rogando con la música por todas las personas que conocía, nombrándolas, pidiendo a su esposo que las hiciera una misma cosa consigo»19.

Quizás el signo más fehaciente del amor de Dios sea la oración continua, como lo enseñó el Divino Maestro, cuando dijo: «es preciso orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1). Rosa tuvo en cuenta esta enseñanza y dedicaba a la oración doce horas diarias. Alguno puede pensar de dónde sacaba ese tiempo y al mismo tiempo trabajar también largas horas para mantener a su familia. El secreto estaba en que tan sólo dedicaba al descanso tres horas por día. Su último gran director espiritual, el P. J. Lorenzana, anota que él sabía «que por medio de la oración alcanzó grandes y singularísimas mercedes y favores. Primeramente, grandísima constancia para perseverar en vida tan austera de vigilias, ayunos, disciplinas y otras penitencias como queda dicho. Item fortaleza, para vencer las guerras que el enemigo le hacía interiores y exteriores»20.

El precedente texto nos pone en camino de las increíbles mortificaciones a que Rosa sometió su cuerpo. Creo que ni los más famosos Padres del desierto la superaron en esto. Como ellos, su ayuno era diario, a excepción del domingo. Toda su comida se reducía a dos acemitas (un panecillo de trigo, quitada su flor, de seis o siete onzas) y agua. A veces pasaba dos o tres días sin beber. Diariamente se daba una disciplina con una cadena de hierro con más o menos azotes sangrientos, con la intención de llegar en toda su vida al número de cinco mil, que a partir de la Edad Media, se suponía que recibió Cristo en la flagelación. Su vestido consistía en una camisa de esparto o de cerdas de buey o caballo a raíz de la carne desde los hombros hasta más debajo de las rodillas. Y debajo de la toca se colocaba una coronita de noventa púas, por devoción a Cristo Salvador, y, según ella, le venía muy bien para superar cualesquiera tentaciones. Ella misma confiesa que esta mortificación era tan aflictiva que aun hablar «la fatigaba» mucho21. Como lecho para dormir construyó una especie de barbacoa o enrejado de palos, por encima de los cuales colocó unos cascotes de tejas y piedras, cubiertos con una frazada. Para que su madre no se enterara, la metía por debajo de la cama, hasta que un día la descubrió y se la quitó. Pero ella en momentos especiales le pedía permiso para dormir en esa cama, que más que lecho de descanso era instrumento de tortura. Todas estas mortificaciones corporales se las impuso Rosa, primeramente para identificarse con Dios, encarnado en Cristo paciente y redentor. Es evidente que quien ama desea mostrar su amor por la persona amada con obras, que implican grandes sacrificios. Por eso Rosa, según testimonia su propia madre, tenía un ardiente deseo de ser mártir22. Y su padre espiritual Fr. J. Lorenzana: «Tiene este testigo por cierto que ardía su corazón en amor a Jesucristo Nuestro Señor, y que de aquí nacían tantas invenciones de penitencias, vigilias, asperezas contra su cuerpo, porque del mucho amor de Dios nace desfallecer el amor propio, hasta tener un santo odio de sí mismo; del mismo amor de Dios, nacía el ardiente deseo que la virgen Rosa tenía, de que todos amasen y sirviesen a este Señor»23. De este amor se derivaba el amor inmenso que Rosa tenía a todo lo que tenía relación con Dios: Al Santísimo Sacramento, a la Madre de la Misericordia, a su Santo Rosario, a los pobres y enfermos, a «los niños pequeñitos» por quienes se desvivía, sacrificaba y oraba, por la Santa Iglesia, por los pecadores, ánimas del Purgatorio, por sus bienhechores, y de modo «muy especial por esta ciudad y República de Lima, como a este testigo le consta por sus confesiones»24.

Otra razón de sus tremendas penitencias era expiar sus pecados, que, como tales y objetivamente, no tenía. Tan era así que varios confesores suyos coinciden en afirmar que, cuando se confesaba, pocas veces encontraban en ella materia de absolución. De los pecados de su vida pasada no podía acusarse, porque conscientemente ninguno cometió. Como criatura humana que era, sintió en algún momento, algún movimiento instintivo no del todo santo. Pero cuando se daba cuenta, inmediatamente no solo rectificaba prontamente, sino que lo deploraba, llorando amargamente. Varios de sus confesores, testigos en su Proceso de beatificación declaran al unísono que conservó la inocencia bautismal hasta la muerte. Sólo un testimonio de su último confesor, el P. J. Lorenzana: «tiene por cierto este testigo, que la bendita Rosa de Santa María, en toda su vida no cometió pecado mortal en ningún género de pecados, ni cosa que le pareciese, sino que salió del mundo aquella alma santa con la inocencia bautismal»25. Siendo esto así, ¿por qué tales mortificaciones, se preguntarán algunos que esto lean? Porque donde no hay pecado, huelga la penitencia. Pero los santos, según dijimos en alguna otra ocasión, no sólo tienen en cuenta lo que han hecho sino lo que podían haber hecho y no hicieron. Y es que, en el orden espiritual, siempre es posible añadir perfección a perfección. Y de ello, esos Benditos de Dios se dan perfecta cuenta; y por eso, lo que para el común de los mortales es una nimiedad para los iluminados por el Espíritu Santo, es una remisión en el amor, que deben a su Dios y Señor.

En parte, estas mortificaciones y otras que pasamos por alto, las realizó en favor de ciertas personas conocidas cuya vida era poco edificante. Es muy significativa la intervención de la Santa en favor de un religioso dominico, quién estando desahuciado, le mandó a decir «que, confiada en la misericordia de Dios, le ofrecía todas cuantas obras hubiese hecho en toda su vida, si hubiese hecho algunas […], y que después de muerto, si Nuestro Señor le diese licencia, la viniese a ver, el cual concierto el dicho padre hizo también con este testigo. El cual religioso murió santamente y con grandes muestras de salvación, que, según se puede entender, fue mediante el ofrecimiento que hizo la bendita Rosa»26. A pesar de todo hay biógrafos de la Santa que reprueban sus tremendas penitencias, sin reparar que los cristianos, como Pablo de Tarso, tienen que completar en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo, llevando sobre sus hombros la cruz de la Iglesia; de este modo, ésta se identifica de algún modo con Cristo, su Cabeza. De lo contrario sería su Cuerpo, pero no cristiana.

Fueron muchas y muy duras las penitencias que Rosa hizo, lo que algunos, empezando por sus familiares más cercanos, que pensaban que iban a acelerar su muerte, pero consolábanse, «viendo que la bendita Rosa, tenía el rostro lo más del tiempo, entero, tan lleno y tan liso, tan blanco y muchas veces tan colorado, que se podía decir que tenía cara de vender salud»27. En todo caso, Dios rubricó el modo de vivir de su sierva Rosa, con las muchas y variadas gracias gratis dadas con que la adornó, gratificó y premió28. A este respecto es significativa una visión misteriosa que tubo de muchos ángeles y de Jesucristo en medio de una gran luz, repartiendo gracias en proporción de los sacrificios y sufrimientos de las almas. Después de darle gracia a rebosar pone en boca de Jesús estas palabras: «Sepan todos que tras los trabajos viene la gracia y sin trabajos no hay gracia y que habiendo gracia es menester muchos trabajos para que se aumente la gracia y desengáñense todos que esta es la escala del cielo y no hay ninguna otra». Con lo cual Rosa quedó con grades deseos de decir a todos cuan preciosos son los trabajos y la gracias a que conducen29.

5. Otros dones recibidos por la Santa Limeña

Me parece interesante reseñar algunas otras gracias que recibió Rosa en premio de los sufrimientos y sacrificios arrostrados por ella.

En primer lugar el Matrimonio místico con Cristo. Ella desde niña en que hizo voto de virginidad, llamaba a Cristo su Esposo. Él, sin embargo, y a pesar de las finezas que tuvo con ella, no ratificó esta gracia hasta el final de su vida. Aunque en extremo reservada, urgida por el Dr. Castillo, le dijo que «mirando ella rostro a rostro al Niño Jesús, le venía al entendimiento lo que el Niño le decía, y de esta manera le entendió muy claro». Efectivamente, en un estado de unión, le dijo el Niño: «Rosa amiga mía, despósate conmigo»30. Se trata aquí de una especie de petición de mano por parte de Jesús. Ante esa petición, ella no responde, pero siente una alegría indescriptible. Sin embargo, el verdadero matrimonio espiritual, tuvo lugar unos meses antes de morir; y concretamente el día de Pascua. El domingo de Ramos, Rosa estaba muy ilusionada con la procesión en Santo Domingo, llevando su palma. Pero resulta que reparten las palmas bendecidas, y a ella no se la dan. Esta discriminación le produjo un gran disgusto instintivo interior. Tan pronto como se dio cuenta, reaccionó con un acto de sometimiento total a la voluntad de Dios, diciendo no desear otra palma que la que le diera Jesús. Y para que esto fuera una realidad se dirige a la Virgen diciéndole, con gran ternura: «no señora mía no quiero palma de los hombres; y le pidió con grande afecto le alcanzase perdón de lo que había dicho y se sirviese de alcanzarle palma de su hijo, de su santísima mano la quería […], y así estuvo un rato diciéndole regalos, con el sentimiento de haber tenido aquel movimiento. Y con afecto de que la estaba mirando vio que la Reina de los Ángeles volvió su santísimo rostro a su hijo precioso, muy encendida y muy alegre, y que luego el niño Jesús la volvió a mirar a ella también con el rostro muy alegre y le dijo: Rosa de mi corazón, sé mi esposa y ella con esta gran merced se había humillado delante de su Señor y dijo que: sí quiero Señor; y con aquel cuidado y gozo que sintió su alma poniendo aquella determinación en ejecución, hizo hacer una sortija y queriendo que en ella se pusiese un corazón con un Jesús»31. En la sortija decidieron ella y su hermano, a quien se la encargó, poner también las palabras de Jesús, sin haberse puesto previamente de acuerdo. Hecha la sortija, la depositó el Jueves Santo en el sagrario donde estuvo el Santísimo Sacramento. Igualmente pidió que la mañana de Pascua en la misa se pusiese la sortija debajo de los corporales, y luego, acabado el santo sacrificio, se la pusieran en el dedo. Y, conforme a ese su deseo, el Prior de Santo Domingo, Fr. Alonso Velázquez, le impuso la sortija, según ella había pedido32.

Otra de las gracias gratis dadas, fue la sensación que tenía, después de las grandes pruebas a que la sometía el Señor, de sentirse impecable, no obstante ser, según su principal confesor, humildísima de todo corazón y teniéndose siempre por gran pecadora33.

Hay algún biógrafo de la Santa limeña que dice que su madre trató de educarla en todos los órdenes de la vida, en cuya educación se entiende la intelectual. Sin embargo, nada da pie para pensar que Rosa recibiese instrucción intelectual. Más bien hay declaraciones, que nos hacen pensar lo contrario. Así su director espiritual, el P. Lorenzana, muestra su admiración del hecho de que «una mujer sin letra alguna, hablase con tanta propiedad e inteligencia», y, dado el caso, mostraba un gran conocimiento de los misterios de la Santísima Trinidad, de la encarnación del Verbo divino y de otros misterios de la fe católica. Y el mismo ilustre dominico dice en su declaración que otras personas muy espirituales, instruidas y dignas de crédito le dijeron que la Santa era «sapientísima» en el conocimiento de las cosas divinas, y prudentísima en sus confesiones, sin divagar en palabras inútiles ni decir al confesor sino lo preciso para una buena práctica del sacramento. Así sus confesores la confesaban con verdadero gozo34. También el mismo testigo declara «que entre otros muchos y singulares dones que la dicha santa virgen obtuvo de Nuestro Señor, uno y muy grande fue el que el apóstol San Pablo llama discrectio spirituum que es saber distinguir y conocer cuando las hablas interiores o visiones son del espíritu bueno o del malo, cosa muy secreta y dificultosa a los que no tienen este don singular y que lo tuvo la dicha santa»35. Como es claro, esta gracia le fue muy provechosa en su vida, puesto que le evitaron los posibles engaños del Maligno frente a las frecuentes visiones de Jesucristo, de la Virgen y de los santos. Conociendo esta gracia de Rosa el enemigo se daba cuenta de que por ahí no tenía nada que hacer con sus engaños. Eso sí, en alguna ocasión resarcía su frustración con maltratos físicos, sobre todo cuando la Santa hacía oración. El P. Lorenzana declaró que el enemigo le molestaba con muchas guerras «interiores y exteriores». Las visiones más frecuentes fueron, según varios testigos, las de Jesucristo. Y de entre éstas las que lo hacía en apariencia del Niño Jesús. A veces, cuando ella estaba bordando, se le ponía encima de la almohadilla en que trabajaba. Así dice en su declaración D. Gonzalo de la Maza «que Jesús se le mostraba muchas veces en forma de niño tierno, hasta venírsele en la almohadilla en la que estaba haciendo labor, haciéndole favores de su soberana mano»36. También se le aparecía Cristo crucificado o resucitado y glorioso. Y según este mismo testigo y su mujer, María de Uzátegui, la Virgen con el Niño en sus brazos le hablaba a través de un cuadro que había en la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo. No es preciso decir que tales apariciones encendían muy fuertemente el amor y arrobamientos en la Santa.

Pero no sólo Rosa fue milagrosamente agraciada con dones sobrenaturales sino también con otros de orden natural, aunque dados milagrosamente. Así el P. Juan G. Arintero, citando al primer biógrafo de la Sierva de Dios, Fr. L. Hansen, O. P. escribe que la Santa, «afligida de tener que restar a la oración el tiempo que necesitaba para aprender a leer y escribir, pide a Dios que le instruya; y de repente, con admiración de todos, se encuentra plenamente instruida»37. La idéntica gracia que obtuvo Santa Catalina de Siena.

La madre de Rosa fue preguntada por el tribunal eclesiástico para su beatificación acerca de su espíritu profético. Y su respuesta fue «que un sábado y sana la bendita Rosa y teniendo una guitarra en la mano, le oyó cantar esta testigo:

Padre mío Santo Domingo

antes que yo muera

te encomiendo a mi Oliva

que sola queda.

6. Muerte y glorificación

Esta coplilla fue como el canto del cisne, porque el martes siguiente «le dio el mal de que murió»38. Dios quiso que al final pasara por sufrimientos indecibles, físicos y morales hasta exhalar el último suspiro, que ella calificó de dolores de infierno y «acompañó con gemidos, aunque con mucha resignación, diciendo al Señor: hágase tu voluntad». Las declaraciones de varias personas cercanas nos permiten seguir con bastante precisión el inicio, progreso y desenlace de su enfermedad mortal. El martes día 1 de agosto de 1617, cerca de medianoche, la familia de la Maza-Uzátegui, sintió un gemir muy fuerte, y entrando Dª. María en su habitación la encontró desvanecida en el suelo, sin poderse mover. Es de suponer que la subió a la cama; ella rogó a Dª. María que la dejasen sola y no le hablasen. Al día siguiente le preguntaron si quería que se llamase a los médicos. Ella respondió que «el del cielo». Sin embargo, viendo su situación los llamaron y a algunos religiosos con quienes se relacionaba. Preguntada por ellos cómo se encontraba, ella contestó que a veces tenía sufrimientos de infierno. El P. Diego Martínez, S.J., le dijo: «No hija, no serán sino de purgatorio»; y ella se volvió al Padre y le dijo «no mi Padre, de infierno son, y diciéndole el Padre, por qué sabe que son de infierno dijo: porque se ha ausentado el esposo y son tan grandes los dolores que padezco que no es posible, sino que sean de allá»39. Por estas palabras se puede inferir que Cristo hizo pasar a su esposa, como a muchos otros místicos, por los sufrimientos morales de la cruz, cuando exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 1,34). Como Cristo en la cruz padeció también dolores físicos espantosos. Ella tan acostumbrada a padecer, en algún momento, grandes dolores. Sin embargo, los últimos fueron tantos y tales que no podía reprimir algún gemido, pero inmediatamente decía «hágase tu voluntad». Sería muy largo describir los dolores que ella pasó en la última enfermedad. Pero no debemos pasar por alto algunos, aunque sea muy resumidamente. Primeramente el 1 de agosto se le paralizó la parte izquierda a la par que sufrió alteraciones del corazón. El día 17 amaneció con dolores de costado a ambos lados, de gota en el pie derecho «con grande calentura y ansias que no la dejaban sosegar». Algunas veces, preguntándole sus padres su estado, decía poniendo la mano en la sien, que «por allí le metían una pala de fuego […] y que por el lado del corazón le metían por él un puñal de fuego ardiendo que se lo atravesaban, y el brazo, y todo»40. La cabeza también le ardía como si estuviera metida en un casco de hierro abrasador, y las carnes todas derritiéndose y los huesos consumiéndose por el ardor de la fiebre. El día 20 recibió con gran devoción los últimos sacramentos e hizo profesión de fe católica.

Debido a los trabajos y sufrimientos que tuvo que sobrellevar toda su vida y sobre todo en su última enfermedad, se puede decir que Rosa fue una mujer de dolores. En ellos, como declaró el Dr. Castillo, «siempre dijo que se hiciese la voluntad de Dios, y con esto mostró un semblante siempre alegre»41. Tuvo tantos dolores y fatigas «que no se podía sosegar en un lugar». El día 22, con cierta mejoría aparente, con el crucifijo en la mano, le decía con gran ternura: «Mi Dios, mi Señor, mi Jesús, mi esposo, mis amores, dadme dolores». Rebosando espíritu dominicano, mandó que le echasen el escapulario por encima de la ropa de su cama. Al día siguiente, tuvo tales y tantas congojas, que no tenía sosiego posible; pero en todo momento mostró una «inefable conformidad con la divina voluntad». No obstante, pidió a Dios «que si era servido le aliviase aquellos dolores para morir, y con esa resignación, paz y entendimiento, con su habla y sentidos, estuvo hasta que expiró, un poco antes de las doce de aquella noche diciendo: Jesús, Jesús sea conmigo, habiéndoselo pedido poco antes con su grande obediencia y humildad a este testigo (Gonzalo de la Maza), echádole su bendición, y a las demás personas»42. Ese día por la tarde estuvo con ella el P. Lorenzana, su director espiritual, y cuando la vio con el escapulario puesto encima de su cuerpo, le dijo que «así morimos los frailes con el escapulario tendido sobre nosotros». Rosa se alegró mucho ante estas palabras. El Padre al irse se despidió de ella, y le prometió volver al día siguiente. Mas ella le dijo: «No padre mío, écheme vuestra paternidad la bendición primero, porque estoy convidada a un gran banquete y no me hallará […]. Él “le echó la bendición con gran demostración de tristeza, por despedirse de ella”43. Después de muerta, según testimonia María Uzátegui, a quien Rosa había pedido que solo ella la amortajase, “quedó con tanta compostura en su rostro, y los ojos abiertos y la boca parece que estaba riendo, que no entendían que estaba muerta y así hicieron la prueba del espejo”»44.

Al día siguiente una ingente multitud fue a venerar sus restos a la casa de D. Gonzalo de la Maza. Y viendo que peligraban los hábitos y el mismo cuerpo de la Sierva de Dios, montaron guardia «muchos frailes dominicos para defenderla». Y los numerosos devotos que iban a la casa del Contador Gonzalo de la Cruzada se ponían de rodillas y «se encomendaban a esta sierva de Dios con grande devoción, clamándola por santa», y al tiempo pedían alguna reliquia de ella. El traslado del cadáver a la iglesia de Santo Domingo para los funerales fue verdaderamente apoteósico. Una gran multitud se agolpó en las calles que conducían al templo. Los que tenían sus casas en el recorrido se apiñaban en sus ventanas e incluso se subían al tejado para verla. Distintos grupos de clérigos y religiosos, empezando por el cabildo catedralicio, portaron a hombros el féretro, turnándose en las distintas estaciones. En la gran iglesia de Santo Domingo se había levantado un túmulo muy alto, cubierto de un paño de brocado rojo y numerosos dominicos lo defendían; y otros, subidos a él, tocaban rosarios y otros objetos, que los numerosísimos fieles se llevaban como reliquias. Las madres que podían acercarse entregaban sus niños pequeñitos para que los frailes subidos al túmulo los pusieran a besar las manos y los pies de la Sierva de Dios. Temiendo que algunos asaltaran el féretro, tuvo que montar la guardia un piquete de alabarderos. No obstante, uno se encaramó a lo alto del túmulo y le arrancó un dedo. Ese día, habiendo tal concurso de gente que quería ver a la santa, el Arzobispo dispuso que se celebrase el funeral al día siguiente. Efectivamente, el viernes 25 de agosto de 1617, se celebraron los oficios de corpore insepulto, presididos por el obispo de Guatemala, y preconizado de La Paz, don Pedro de Valencia. Por su parte el Arzobispo de Lima, que no actuó en los oficios de cuerpo presente, aunque los magnificó con su presencia, presidió el novenario celebrado días después en la Catedral, con asistencia de todas las autoridades, empezando por el Virrey y numerosísimos fieles.

La Santa había querido inmensamente a la Orden Dominicana y a sus frailes. Y estos en todo trataron de corresponder con un amor proporcional a Rosa. Por eso la complacieron en todo cuanto ella les pidió. Una de sus peticiones fue que la enterrasen en el convento de Santo Domingo en el lugar que los frailes dispusieran; ellos, como un miembro más de la Comunidad, la enterraron en la Sala capitular. Varios testigos de su Proceso de beatificación declararon que todo el tiempo que estuvo el cadáver hasta ser depositado en el sepulcro, se mantuvo «flexible y más hermoso» que en vida. A pesar de los calores del verano, la iglesia abarrotada de gente y los hachones encendidos, rodeando el túmulo durante 36 horas, su cuerpo no dio señal alguna de descomposición45. Después numerosos fieles iban a visitar diariamente los lugares santificados por la Sierva de Dios: Su casa paterna, la celdita, hecha por ella, donde se retiraba a trabajar y orar con tranquilidad, la casa del Contador donde ella vivió y murió, y su sepulcro.

En vida ya se habían obrado varios milagros, obtenidos por las oraciones de la Santa limeña, así como varias previsiones proféticas. Pero después de muerta los testigos de su beatificación dan noticia de un gran número de milagros obrados por la invocación a la Sierva de Dios. Toda esa corta pero intensa vida de santidad consumada, fue causa de que el día 1 de septiembre de 1617, una semana justa después de su entierro, Fr. Francisco Balcázar, O.P., Procurador General de la Provincia dominicana del Perú, pidiese al Arzobispo de Lima, los permisos pertinentes para promover el primer proceso de beatificación de la Sierva de Dios. Y el Prelado, concedió tales permisos, el 5 de septiembre de dicho año. Algo verdaderamente insólito, según el modo de proceder de la Iglesia. Y el 12 de febrero de 1668 el papa Clemente IX la beatificó en el Convento de Santa Sabina, y la declaró patrona de Lima. Y en un alarde de generosidad el mismo Papa, regaló una bellísima escultura de mármol yacente de la Beata, que la representa en el momento de morir, mientras un ángel le descubre la cara, y la contempla con una sonrisa de beatífica complacencia. Finalmente Clemente X, la canonizó solemnemente el día 12 de abril de 1671 ante una gran concurrencia de fieles, y la nombró patrona principal de toda América, Filipinas e Indias orientales. Una vez más se cumplió en la Santa limeña, la sentencia de Jesús, cuando afirmó: «El que se humilla, será enaltecido» (Mt 23, 12).


1 Algunos sostienen que Gaspar Flores nació en el hermoso pueblo cacereño de Baños de Monte Mayor; pero no refieren la fuente en que se fundan. Y contra ello está la explícita afirmación del padre de Rosa en su declaración como testigo en el Primer Proceso (Cf. R. P. H. Jiménez Salas, Primer Proceso Ordinario para la Canonización de Santa Rosa de Lima, Lima, Monasterio de Santa Rosa de Santa María, 2002, p. 397).

2 Primer Proceso, pp. 219-220.

3 Primer proceso, pp. 226-227. El P. A. de Vega, en su declaración completa hace notar que lo declarado por él le fue comunicado por la Santa en confesión y se lo confirmaron muchas otras personas. Quizás alguien pueda dudar de la realidad de este hecho. Pero no se debe olvidar que la gracia de Dios lo puede todo. Conocemos bien la historia de otra niña, prodigio de santidad, Jacinta Marto, la vidente de Fátima, que a los seis años emprendió una vida que en varios aspectos se parece a la de Rosa.

4 Primer Proceso, p. 285. Cf., también P. Antonio de Vega Loaysa, S. J, Primer Proceso, p. 245.

5 Primer Proceso, pp. 31-32. El párrafo que acabamos de transcribir es un tanto farragoso, pero muy instructivo para conocer la prueba a que Dios sometió a la Santa.

6 Primer Proceso, p. 231. En este episodio Dios probó a la casta virgen, y nos recuerda el que protagonizó su maestra espiritual, Catalina de Siena.

7 Su propia madre declaró en el Primer Proceso, que en una ocasión le pegó con una vara de membrillo. Tenía tal señora muy mal carácter, y Rosa, que no se quejaba nunca, recibía toda clase de denuestos absolutamente inmerecidos de parte de su madre.

8 Primer Proceso, pp. 32-33.

9 Primer Proceso, p. 338.

10 Primer Proceso, p. 125.

11 Primer Proceso, p. 387.

12 Primer Proceso, p. 109.

13 Primer Proceso, p. 36.

14 Primer Proceso, p. 59. A pesar de que no se solía dar permiso a ninguna mujer menor de cuarenta años para fundar, ella no se arredró ante esta dificultad y siguió haciendo diligencias para la fundación (Cf. Primer Proceso, p. 55 y 106).

15 Primer Proceso, p. 130.

16 Primer Proceso, p. 332.

17 Por este modo de realizar sus delicados trabajos de bordado, bien se merecería declararla celestial Patrona de los bordadores y bordadoras.

18 Primer Proceso, p. 130. Es interesante la declaración de Dª. María de Uzátegui, esposa de Don Gonzalo, de la que citamos lo siguiente: «Dábanle muchas veces unos fervores tan grandes, estando en el oratorio, y muchas veces prorrumpía en cánticos, unas en alabanzas, otras en deprecaciones, y otras en lamentaciones, […] y era tanto lo que se metía en ésto y se dejaba, que algunas veces se estaba dos y tres horas con una guitarra en la mano» […] «Y otras muchas y palabras de grande amor y regalo, con tan linda voz, y consonancia, que nos hacía dejar lo que hacíamos para estar oyéndola». «Y le sucedía a esta testigo y al dicho contador, su marido, que dejaban de cenar para oír cantar a la dicha bendita Rosa, alabando a Nuestro Señor con cantares que tiene dicho arriba» (Ibid.).

19 Ibid.

20 Primer Proceso, p. 332.

21 Primer Proceso, p. 105.

22 Su madre testimonia el ardiente amor de su hija a Dios. «En cualquier ocasión que se ofreciese de conversación, siempre procuraban rodearla de manera que se viniese a tratar de Dios, y si alguna ocasión tratasen otras conversaciones, aunque no fuesen malas, y ella no las pudiese enderezar a su intento de que se tratase de Dios, luego se despedía y se iba. Y sabe esta testigo, que muchas veces la vio con deseo de padecer por Cristo martirio; y se lo dijo muchas veces a esta testigo» (Primer Proceso, pp. 386-387).

23 Primer Proceso, p. 340.

24 Primer Proceso, p. 341. (Declaración del P. Lorenzana). Respecto del amor de Rosa a los enfermos, declaró su padre, «que la bendita su hija era mujer de grande caridad con el prójimo, y conoció en ella y de su caridad que si pudiera atraer a su casa al hospital lo hiciera para ejercitarla con los pobres», (Primer Proceso, p. 400).

25 Primer Proceso, p. 343; cf. también, p 40 y 80.

26 Declaración de otro confesor de la Santa, Fr. Pedro de Loaysa, O.P., Primer Proceso p. 301. Todos los modos de mortificaciones, que hemos reseñado, y otras más que omitimos, están tomadas todas de las declaraciones de los testigos del Primer Proceso, que no citamos por razón de brevedad. A pesar de su condición robusta y fuerte, como toda la familia, pronto se vio afectada por varias enfermedades graves. Y sus confesores de la Santa lógicamente le mandaron que moderase sus penitencias.

27 Primer Proceso, p. 520.

28 Su P. espiritual, el P. Lorenzana, transmite lo que el Señor dijo a la Santa cierta ocasión. A saber: «ah ¡Rosa, si hubieras conocido las mercedes que te he hecho y el amor que te tengo, de otra manera me los hubieras agradecido!; con las cuales palabras quedó tan enternecida y deseosa de hacer nueva vida en servicio de Dios, que sus ojos eran fuentes de lágrimas y no podía pensar en otra cosa, tanto que vino a perder el sueño» (Primer Proceso,p. 337).

29 Primer Proceso, p. 67.

30 Primer Proceso, p. 35.

31 Primer Proceso, p. 219-220.

32 Cf. Ibid., p. 220.

33 Cf. Primer Proceso, pp. 34 y 122.

34 Cf. Primer Proceso, 334-335.

35 Primer Proceso, p. 332-333.

36 Primer Proceso, p. 60.

37 La Evolución Mística, BAC; Madrid, 1952, p. 680. En las actas del Primer Proceso, que venimos citando, se inserta un escrito de la Santa. Y en él muestra una caligrafía muy bella, a pesar de las deficientes condiciones de aquel tiempo; y un gran equilibrio espiritual.

38 Primer Proceso, pp. 301-302.

39 Primer Proceso, p. 133.

40 Primer Proceso, p. 133.

41 Primer Proceso, p. 41.

42 Primer Proceso, p. 79. Rosa antes de morir, viendo a su madre llorar desconsoladamente, le dijo: «No llore, madre, que las lágrimas son de muy gran precio, y no se han de derramar si no por pecados» (Primer Proceso, p. 389). La madre de Rosa anota que la Santa a ruegos del Contador y su mujer les dio la bendición a ellos, a sus hijas, a sus criados y a todos los presentes. (cf. Ibid. pp. 388-389).

43 Primer Proceso, p. 135. Cf. también p. 329.

44 Primer Proceso, p. 135.

45 Primer Proceso, pp. 91, 275, 320, 451, 524, etc.