
El domingo 18 de julio se cumplieron 95 años de la muerte del beato P. Tiburcio Arnáiz, sacerdote de la Compañía de Jesús muy querido y venerado en nuestra diócesis por su celo apostólico y su vida caritativa. Durante las misas del fin de semana se pudo venerar en nuestra iglesia una reliquia ósea de este misionero incansable.
De la homilía del Sr. Obispo (18 de julio de 2019)
«La vida del P. Arnáiz estuvo centrada plenamente en Cristo; y no buscaba otra cosa que amarlo y servirlo. Para el himno de la beatificación se tomó una frase suya, que expresaba su espiritualidad: “Buscad no vuestros intereses, sino los de Jesucristo”. Al igual que san Pablo, solo quería agradar a Cristo y buscar su gloria; lo demás no le importaba.
Decía el beato Arnáiz: “A Dios le debo amar más que a todas las cosas por ser el bien sumo, en cuya comparación todas las cosas son nada” (Sermón sobre la importancia de la salvación). Nosotros, en cambio, anteponemos muchas cosas al Señor. El monje Benito de Nursia decía ya en el siglo VI: “No anteponer nada al amor de Cristo” (Regla IV, 21).
El afán del P. Tiburcio era conocer a Jesucristo y unirse en comunión con Él, asociándose a sus padecimientos (cf. Flp 3,10), «con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,11), que ese es el objetivo de nuestro peregrinar aquí en la tierra. No cabe detenernos en el viaje, sino que hemos de pensar en el final del viaje.
Sabiendo que la vida del cristiano es un proceso de maduración en la fe, en la esperanza y en de amor, el P. Tiburcio vivía con el anhelo de alcanzar a Cristo, animado por haber sido alcanzado por Cristo (cf. Flp 3,12).
El P. Arnáiz corría «hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (Flp 3,14).
Imitemos al beato Arnáiz en el camino hacia la santidad, deseando unirnos en plena comunión con Cristo y no buscando otra cosa que ser ganados por Él.
En uno de sus sermones decía el P. Arnáiz: “¿Qué quiere Dios de mí? Hacerte feliz para siempre, porque te ama. Ese es tu fin; para eso te crió. Luego esto es lo único que a mí me interesa, lo único necesario, lo único importante. Conocer nuestro fin y alcanzarle es la gracia y bien mayor que podemos pedir al Señor por mediación de su Santísima Madre” (Sermón sobre la importancia de la salvación).
El beato Tiburcio Arnáiz vivió y fomentó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Podemos recordar la procesión que inició en el año 1915 por las calles de la ciudad de Málaga con la imagen del Corazón de Jesús, a pesar de todas las opiniones contrarias y del ambiente hostil. Pero él salió con la imagen haciendo un gran bien a los malagueños.
Predicó muchas veces la Novena al Corazón de Jesús y fomentó el Apostolado de la Oración, que tiene como centro esta devoción. Mª Isabel González del Valle, su gran colaboradora y primera consagrada de las Hermanas de las Doctrinas Rurales, de la que hemos iniciado ya su proceso de beatificación, contó después de la muerte del P. Tiburcio lo siguiente: «Me había dicho el Padre en cierta ocasión que él tenía hecho un pacto con el Corazón de Jesús, de que si le concedía diez años de vida los iba a emplear en matarse por su gloria, trabajando sin descanso y sin atender para nada a su salud; que el Señor se cuidase de ella y él se cuidaría de trabajar por su gloria”. Fue una apuesta atrevida; tal vez nosotros no nos atreveríamos a decirle al Señor: “Si me concedes diez años de vida, voy a trabajar solo por Ti, sin preocuparme nada de mí”. No sé si nuestra fe y nuestra confianza en el Corazón de Cristo llega a tal extremo como llegó el P. Arnáiz.
La oración colecta al inicio de la Misa dice que Dios constituyó al beato Tiburcio en “apóstol de las insondables riquezas del Corazón de tu Hijo”. En esta celebración pedimos mediante su intercesión que Dios nos conceda ser también apóstoles del Corazón de Jesús y que podamos amarlo sobre todas las cosas y servirlo incansablemente en nuestros hermanos. Amén.»